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INFO

¿Cómo fue la defensa de los Derechos Humanos en los años 70 y 80?

A 50 años del último golpe civico-militar rescatamos las primeras experiencias de luchas en defensa de los DDHH, en la búsqueda de la Verdad y la exigencia de Justicia.

La lucha continúa

Homenajear, pensar, conversar, compartir.

En el marco de los 50 años del último golpe cívico-militar y de los 20 años de la Ley de la Memoria, nos encontramos con María Elena Mercado, integrante de la Comisión Honoraria de Notables de la Comisión Provincial de la Memoria, para recuperar una historia de lucha y compromiso con la Memoria, la Verdad y la Justicia, pero también para preguntarnos qué hacemos hoy con esa historia.

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Este encuentro buscó recuperar su palabra y, sobre todo, reforzar los lazos intergeneracionales que permiten que las experiencias, las preguntas y las luchas por la democracia sigan pasando de una generación a otra.

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En Córdoba, la historia del terrorismo de Estado no empieza el 24 de marzo de 1976. Mucho antes, la persecución política, sindical y social ya formaba parte de la vida provincial. El Navarrazo, en febrero de 1974, profundizó esa violencia: la intervención de la provincia abrió una etapa de persecución contra organizaciones políticas, sindicales y sociales, en la que la Policía y sus estructuras de inteligencia tuvieron un papel central. Entre ellas, el D2, el Departamento de Informaciones de la Policía de Córdoba, que sería luego parte del dispositivo represivo desplegado durante la dictadura.

María Elena Mercado conoce esa historia desde adentro. Abogada, integró la Asociación de Abogados de Córdoba y durante los primeros años setenta defendió a presos políticos, gremiales y sociales. Junto a su compañero, Eduardo Valverde, participó de esa tarea en un tiempo en que defender los derechos y las garantías constitucionales también significaba exponerse a la persecución.

Valverde había sido funcionario del gobierno de Ricardo Obregón Cano hasta el Navarrazo. El 24 de marzo de 1976 fue secuestrado cuando se presentó en la Guardia Militar del Hospital Aeronáutico como abogado defensor. Fue llevado primero a La Ribera y luego a La Perla.

María Elena lo buscó durante décadas.

Estuvo desde los inicios de Familiares de Detenidos y Desaparecidos por Razones Políticas de Córdoba. A fines de 1982, cuando todavía gobernaba la dictadura, denunció junto a otros familiares la existencia de fosas clandestinas en el cementerio San Vicente. Después integró la CONADEP Córdoba, donde formó parte del equipo que recibió las denuncias de familiares y sobrevivientes. Testimonió en el Juicio a las Juntas y, años más tarde, en la Megacausa La Perla, La Ribera y D2.

Así, una misma historia enlaza los años setenta con los primeros años de la democracia: la defensa de presos políticos, el Navarrazo, la persecución policial, la desaparición de personas, la búsqueda de los familiares, la CONADEP y los juicios por crímenes de lesa humanidad.

Y esa historia vuelve a abrirse hoy. El 11 de marzo de 2026, cincuenta años después del secuestro de Eduardo Valverde, el Equipo Argentino de Antropología Forense identificó sus restos entre los hallazgos realizados en la Loma del Torito.

Después de medio siglo, Eduardo vuelve a tener un lugar. Pero también vuelve a aparecer una pregunta que atraviesa toda esta historia: ¿cuándo comenzó la violencia que hizo posible el terrorismo de Estado?

Mirar hacia los años anteriores al golpe permite reconocer que el 24 de marzo no fue un comienzo. Hubo antes persecución, inteligencia, cárceles, violencia policial, organizaciones parapoliciales y una trama institucional que fue preparando el terreno.

La historia de María Elena y Eduardo permite recorrer esa trama desde una experiencia concreta: la de quienes defendieron a otros cuando hacerlo era peligroso; la de quienes buscaron a sus compañeros y familiares cuando el Estado negaba su existencia; la de quienes transformaron esa búsqueda en prueba, memoria y justicia.

Cuando María Elena cuenta esta historia, la memoria aparece como una responsabilidad en el presente. Hay algo profundamente ético en esa persistencia: recordar no para quedarse en el dolor, sino para impedir que aquello que ocurrió deje de importarnos. Para que los nombres no se vuelvan cifras, para que los lugares no pierdan las historias que guardan, para que quienes fueron perseguidos, desaparecidos y asesinados ocupen un lugar en nuestra memoria colectiva. Porque la memoria no termina cuando encontramos los restos. Ahí empieza otra tarea: hacer que esa vida vuelva a formar parte de la vida de todos. Y esto es una responsabilidad con el presente y con quienes todavía no llegaron.

Texto: Roberto Martinez